Un Lorca de veintitantos vuelve al pueblo de su abuela a buscar el sitio que la ciudad le niega.
“Somos una generación que se toca con los pulgares.”
Un joven poeta deja Sevilla, una ciudad de balcones llenos de maletas y pisos para nadie, y llega a Puçol, el pueblo de su abuela, con el abanico de ella en la mano. Entre la iglesia, la torre, el campo y el mar, este Lorca de veintitantos buscará su sitio.
En un correo de un jueves, el XpreS de Puçol nos daba 48 horas para escribir, rodar y montar un corto de dos minutos, con un objeto que no conoceríamos hasta pisar el pueblo, este sería un abanico.
Cumplir las bases era lo fácil pero lo que de verdad nos propusimos fue meter a una generación entera en dos minutos. Coger a Lorca, darle veintitantos años y soltarlo en un pueblo que no es el suyo, a ver qué encuentra.
Y aquello que encuentre no se podía resumir.
“Mario trajo a un poeta perdido en Nueva York. Yo quise traerlo a casa. Quería hablar de lo que nos duele, la casa que no llega, el sitio que no aparece, sin una sola pancarta. Solo con un chico, un abanico y el verso de Lorca.”
Escribimos el pueblo como quien escribe un recuerdo, no un lugar. Buscamos que la imagen pareciera encontrada y no rodada, y que la voz no leyera un poema, sino que hablara como si Lorca hubiera nacido en 2003. Las decisiones iban al mismo objetivo, que dos minutos pesaran como una tarde entera.
Dos minutos es el formato más cruel que existe. Escribimos un poema entero y tuvimos que dejar fuera los versos que más queríamos.
No conocíamos Puçol. Lo recorrimos entero en un día, de la iglesia a la playa, buscando los rincones donde el pueblo dijera algo.
Y luego una noche sin dormir, montando en bucle hasta que pudo respirar el cortometraje. Esto suena a sacrificio pero fue más bien terquedad, de esa que solo le pones a algo que te importa de verdad.