Javier Elías Galán
Sobre mí · Q1

De niño no podía disfrutar de Mickey Mouse. Sabía que había alguien dentro.

Mientras mis compañeros enloquecían con la mascota de la clase o abrazaban a los personajes en los parques, yo sentía una angustia rara. No entraba en la magia porque mi cabeza estaba en otra cosa: sabía que dentro del disfraz había una persona, y no podía dejar de verla. Las montañas rusas me daban miedo, pero me pasaba las tardes dibujando sus cadenas y sus engranajes, intentando entender cómo funcionaba por dentro lo que a los demás les bastaba con disfrutar por fuera. Siempre buscaba el mecanismo. Siempre buscaba quién lo sostenía.

Me llamo Javier Elías Galán, y esa forma de mirar es, en el fondo, lo único que he hecho con mi vida.

“A los diecisiete, el acoso en clase llegó demasiado lejos. Dejé el instituto, pasé por un hospital y terminé preparando la Selectividad en casa, con mis padres como únicos profesores.” Fue entonces cuando encontré el sitio que lo cambió todo: las bambalinas de un auditorio en Sant Joan d'Alacant.

Foto pendiente · 01
Bambalinas / entre telones de un auditorio. Vertical, penumbra cálida.
Bambalinas · Sant Joan d'Alacant

Llegué por un favor. En diciembre, Mabel, una compañera de bachiller, se había metido en un grupo de teatro y me preguntó si echaría una mano con la escenografía. Me puso en contacto con el director, Noé Vicente, que había oído que yo hacía películas y me preguntó si proyectaría algo en el montaje. Dije que sí. Resultó que "algo" era videomapping, que no tenía ni idea de hacer; no conocía ningún software de teatro. Así que me encerré a investigar hasta aprenderlo desde cero, y por el camino descubrí QLab. Dije que sí antes de saber si podía, y luego me las apañé para poder. Lo he repetido tantas veces que ya es la única forma que conozco de empezar algo.

Javier Elías Galán en la cabina de control de un auditorio
Cabina de control · función inclusiva

En ese auditorio me ofrecía siempre para lo más humilde. Un día supe que habría una función y pedí ayudar de auxiliar en FOH: cables, control, lo que hiciera falta. Pero a última hora, sin conocer la iluminación montada ni tener la escaleta, me pusieron detrás del telón con un walkie. Fui el stage manager de una función inclusiva de casi setenta personas en escena, muchas con discapacidad, donde un fallo técnico no es un tropiezo: es dejar a alguien solo bajo un foco. No falló nada. Moví la batería de un compañero, coloqué y quité sillas, recogí cables y micrófonos. Nadie en la sala supo que yo existía. Esa noche entendí que ese era mi sitio.

Por aquella época me presenté a acomodador para Luzia, del Cirque du Soleil. Llegué hasta la última entrevista, por vídeo, con los canadienses. No me cogieron; supongo que por ser menor. Y aun así fui todos los días a ver cómo levantaban la carpa, hasta que una trabajadora se ofreció a enseñarme el montaje de cerca y tampoco pude entrar, otra vez por edad. No me importó: ya había visto lo que venía a ver, cómo se construye por dentro lo que el público da por hecho.

Con el tiempo di un paso que parece un salto y no lo es: dejé de sostener el foco para decidir hacia dónde apunta. Dirigí un documental. Escribí y dirigí mi primer cortometraje, LOSTNILGHT, sobre lo que mejor conocía. Y cuando busqué la editorial que quería para mis libros y no la encontré, la fundé yo: THALAMUS, porque quería que existieran cosas que no existían.

Foto pendiente · 02
Retrato dirigiendo / operando cámara. Luz cálida, duffle coat. Vertical.
Dirección · LOSTNILGHT

No cambié de oficio en ninguno de esos pasos. Cambié de asiento. La pregunta que me hago delante de una cámara, de una entrevista o de una página en blanco es la misma que me hacía de niño frente a un disfraz: quién hay dentro. Por eso mi trabajo no esconde la máquina. Las luces, los andamios, la costura del traje: que se vean. Lo que me importa está dentro.

Hoy podría sentarme en la mejor butaca. Pero mi cabeza nunca se sienta entre el público. Sigue donde empezó: al fondo, a oscuras, buscando lo de siempre.

Miro quién hay dentro del traje.

Javier Elías Galán