Tres pantallas suspendidas convierten una fiesta de instituto en el mapa de una identidad fragmentada.
“¿Por qué debemos disfrazar nuestras ilusiones y desilusiones?”




En una fiesta de instituto, un vídeo viralizado hace tambalear las apariencias de todo el grupo. Mientras sus compañeros lidian con el miedo al rechazo, Beatrice se aísla, arrastrada por una herida del pasado y la sombra del recuerdo de su madre. Entre el caos de la fiesta y un viaje hacia sus propios silencios, Nuestras Stories expone la soledad y la búsqueda de autenticidad en pleno limbo adolescente.
El texto hablaba de pantallas, stories y dobles vidas. Proyectar una imagen plana sobre el fondo —lo que se hace en cualquier gala de instituto— habría traicionado el tema. Quería que las pantallas fueran la escenografía, no su decorado. Eso obligaba a un mapeo de proyección sobre superficies independientes, cada una tratada por separado, como la pantalla de un teléfono.
El problema era que el auditorio no era mío. Se comparte entre compañías, con funciones casi cada día, así que no podría montar ni calibrar hasta la víspera del estreno. Pedí los planos del escenario; no llegaron nunca. No vería la superficie real de proyección hasta el último día. Y el presupuesto era de cien euros.
“Me inspiré en la puesta de Dear Evan Hansen: pantallas a distintas alturas en lugar de un único fondo. Diseñé tres paneles del mismo tamaño a tres alturas, uno en el suelo, uno a media altura y uno colgado. La restricción diseñó la solución.”

Como no podía ensayar en el auditorio, lo reconstruí en mi escritorio. Monté una maqueta de previsualización a escala de la escenografía y, para simular los focos de proyección, usé la tapa de una caja de Rituals con tres agujeros y tres pinceles rematados en cartulina.
Proyecté sobre esa maqueta para programar cada pase, calibrar y corregir por prueba y error, en casa, semanas antes de pisar el escenario. Al ser los tres paneles iguales y móviles, podía recolocarlos el día del montaje según la superficie que el proyector alcanzara de verdad, que era la incógnita que no podía resolver antes.






El día del montaje se confirmó todo lo que temía: la superficie real no coincidía con ninguna previsión, no había tiempo de sobra y cualquier ajuste debía hacerse sobre la marcha, con la función encima. Recoloqué los tres paneles hasta que el mapeo cuadró con lo que el proyector alcanzaba de verdad.
La restricción —el auditorio prestado, los cien euros, los planos que nunca llegaron— no fue un obstáculo que sortear, sino el material con el que trabajé. Cada límite empujó la escenografía hacia donde tenía que estar: tres pantallas vivas, no un fondo pintado.