Cuatro columnas, un templo en decadencia y el mito de Medusa como espejo de la violencia que habita dentro y fuera del escenario.
“No es nuestra voluntad la que gobierna esta tierra oscura, sino la de aquellos que residen en el Olimpo.”




Un grupo de teatro juvenil se ve obligado a montar una tragedia clásica. Entre juegos de poder, secretos y conflictos, el mito de Medusa cobra vida en paralelo con los escándalos del presente. Cuando una de las actrices sufre una humillación pública a raíz de la filtración de unas fotos íntimas, la obra se convierte en un espejo de la violencia que habita dentro y fuera del escenario.
Después de Nuestras Stories, no quería repetir la fórmula de las pantallas. Quería dar el salto a una escenografía completa. Pero había una tensión que resolver: el montaje ocurre en tres planos a la vez —la vida real del grupo, el mito griego y la obra que ensayan dentro de la obra— y la escenografía tenía que sostener los tres sin resultar increíble. Si era demasiado espectacular, nadie creería que la había hecho un grupo de una escuela municipal. Tenía que impresionar y parecer honesta al mismo tiempo.
A eso se sumaban los límites de siempre, ahora mayores: 300 euros de presupuesto, una escenografía que debía viajar a otros escenarios sin conocer sus medidas, y que cupiera en un coche para no alquilar camión.
“Diseñé un templo griego en decadencia: cuatro columnas de gran tamaño, austeras, que no buscan realismo sino evocación, y una estructura de doble altura para marcar las jerarquías del mito.”
Tomé referencias de sitios muy distintos y por razones concretas: de Hamilton, la escenografía tipo concierto que se transforma entre actos; de Alegría del Cirque du Soleil, cómo construir un palacio aristocrático deteriorado; de Newsies, el movimiento de las estructuras para dar dinamismo. Como ya conocía las medidas reales de la caja escénica de la vez anterior, esta vez pude trabajar en serio: hice una previsualización 3D del escenario en SketchUp, probé formatos hasta dar con el que funcionaba, y saqué las medidas exactas de ese modelo para que lo construido fuera idéntico a lo diseñado. Lo fue.
Construí las cuatro columnas a mano. Bases de corcho para esconder la electrónica, cilindros de cartón corrugado cerrados con grapas cuando la cinta no aguantaba la tensión, y una pátina de pintura envejecida en ventanas y puertas para darles textura de madera antigua. Las monté en la cocina de mi casa, porque no tenía taller, entre horas de estudio de segundo de bachillerato.










Quise ir un paso más allá: automatizar el movimiento de las columnas, que viajaran solas por el escenario como en Newsies. Diseñé el sistema con motores paso a paso, controladora Arduino y una consola de cues para dispararlo desde la mesa. En simulación funcionaba. En el escenario real, el prototipo no llegó a responder con la fiabilidad que una función en directo exige, así que las columnas se movieron a mano.
No lo cuento como un fracaso, sino como el límite exacto donde terminó mi conocimiento aquella temporada. El diseño de automatización quedó documentado y previsualizado; construirlo de verdad es el siguiente paso. Lo que sí llegó al escenario —las cuatro columnas, el templo en decadencia, las jerarquías del mito— se sostuvo, y esa era la promesa que importaba.
Previsualización en 3D del movimiento que se diseñó para las cuatro columnas.